Arbutus unedo L. (madroño, madroñera, albornio)

 

El madroño es un arbusto o arbolito de hoja perenne que, entre otras plantas, destaca por su verdor brillante y luminoso. Las hojas, alternas, son muy parecidas a las del laurel, de las que se distingue por presentar el margen finamente aserrado y por carecer de aroma.

Según la mitología griega, para cumplir el penúltimo de sus doce trabajos, Hércules lanzó al gigante Gerión una flecha envenenada con la sangre de Hirta, atravesándole los tres corazones. Cayó al suelo y de su sangre nació un madroño que daba frutas sin hueso en la época en que salen las Pléyades.

Entre los romanos era un árbol sagrado, dedicado a la ninfa Cardea o Carna, amante de Jano Brifonte, la cual protegía el umbral de la casa ahuyentando ahuyentaba a las brujas con una varita hecha con una ramita de madroño.

Arbutus unedo

Ausente en las comarcas de clima más continental ya que es sensible a las heladas severas y al calor extremo, aparece de forma aislada en umbrías y lugares frescos y resguardados de las sierras levantinas.

En invierno florece, cubriéndose de manojillos de pequeñas flores blancas que recuerdan a una diminuta orza o jarro invertido. Los frutos, redondos y verrugosos, los conocidos madroños, van creciendo lentamente hasta madurar completamente a finales del otoño y comienzos del invierno, coincidiendo con la siguiente floración. Inicialmente amarillos, al madurar cobran colores rojizos, conviviendo durante la fructificación frutos de ambos colores sobre la planta, que adquiere un aspecto muy llamativo.

Arbutus unedo (arbocer, madroño)

Son frutos climatéricos, es decir, pueden terminar de madurar una vez recolectados, por lo que pueden recogerse antes de la maduración, completándose ésta ya recolectados. Con un alto contenido en vitamina C, son frutos comestibles, directamente crudos o transformados en ricas mermeladas. En algunos lugares se elabora un licor de madroño, macerando los frutos en aguardiente.

El nombre de “unedo” procede del verbo latino “edo” (comer) y del numeral “unus” (uno solo) y significa “comer solo uno”, por la fama que tienen los frutos de emborrachar ya que contienen etanol y un alcaloide tóxico, la arbutina.

Su madera, de densidad muy alta, puede aprovecharse para ebanistería (los griegos clásicos hacían flautas con ella) y para otros usos menos nobles, como leña y carbón; sus hojas y corteza son curtientes y astringentes. Sus semillas eran utilizadas para atraer a los pájaros en invierno.

Tanto las hojas como los frutos pueden utilizarse terapéuticamente. Está documentado su uso como planta medicinal con múltiples aplicaciones: las hojas recolectadas en verano y cocidas, o el cocimiento de su corteza, así como su miel, tienen acción antiséptica de las vías urinarias; el cocimiento de la raíz se emplea para tratar infecciones vaginales en los Montes de Toledo.

También se usa contra cólicos nefríticos, como diurética y antiséptica; para “limpiar la orina”, y contra inflamaciones crónicas de próstata. El cocimiento de sus hojas se usa para los resfriados  y contra la ronquera; también como antiasmático, descongestionante de las vías respiratorias altas y para combatir la tos.

“… si fueras mi esposa, no te podrían faltar las castañas

Ni las cerezas del madroño: todos los árboles tendrás a tu servicio”

(Canto de Polifemo, acompañado de su flautín formado por cien cañas unidas, a la hija de la azulada Doris, la nereida Galatea, más blanca que las ramas nevadas del olivillo)